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Primer parte - BerruecosEditar

Capítulo I - El valle del río MayoEditar

El camino se hacía más angosto, y el mariscal sentía que el tibio sol de la mañana no le calentaba ni la capa que llevaba encima, a pesar de su valiente historia militar sentía temor, algo de angustia y mucha ansiedad. Había librado batallas en Ayacucho y Tarqui, había triunfado en Pichincha y Mocha, había dirigido el Perú y Bolivia, pero esta vez era diferente, por primera vez buscaba su propia libertad y no la de alguien más.

Antonio José pasó su mano por el cabello y recordó como su suegra le decía cariñosamente "el sambo", ahora con más razón que nunca pues la humedad de la selva de Berruecos lo encrispaba sobre manera. Avanzaba sobre su caballo junto a la pendiente, divisando a lo lejos un camino mucho más seguro y amplio; seguro para muchos, pero no para él en ese momento.

Dos días antes, el dos de junio, él y sus acompañantes se habían detenido a pasar la noche a orillas del río Mayo, en el rancho El Salto de José Erazo, comandante de Milicias, y su esposa Desideria Meléndez. La mujer estaba en cama y era atendida por sus tres hijos, mientras el comandante Erazo acomodaba a los viajantes en algún rincón de la casa.

- ¿Está usted cómodo, excelencia, preguntó Erazo mientraz atizaba el fuego en la chimenea.

- Sin duda alguna, comandante, un lugar para dormir y agua para beber es más de lo que hemos tenido usted y yo tantas veces en las campañas libertarias, respondió Antonio José mientras extendía una cobija.

- Tiene razón, aunque nada como el lecho de la amada. He oído que se casó, excelencia.

- Si, mi Mariana me espera en Quito junto a mi hija Teresita.

- ¿Cómo, el mariscal ya tiene una hija?

- Si, hace cinco meses que llegó a este mundo a dar sentido a todo aquello por lo que una vez luché.

- Estará muy orgullosa de usted cuando crezca, eso seguro.

- Difícilmente lo estará si no estoy a su lado para verla crecer.

Una pausa que dejó escuchar el crujir de la leña por unos segundos fue interrumpida nuevamente por el comandante Erazo,

- ¿A qué se refiere?

- Decisiones entre la patria y la familia, mi estimado comandante. Seguro usted lo sabrá bien ahora que vive aquí, en paz junto a su mujer y sus hijos. Es más importante ese tiempo a su lado que aquel en el que buscamos la gloria.

- Bonitas palabras, pero algunos nacen para servir a la patria y otras para servir a la casa, dijo Erazo echando una carcajada

- Bueno, entonces yo ya serví a la patria y ahora quiero hacerlo a mi casa. Se lo prometí a mi Mariana.

- ¿Entonces abandona al libertador y el sueño de Colombia?

- Nunca lo haría, él es como mi padre y todos lo saben, pero ahora necesito apoyarlo desde otro puesto, uno en el que pueda también luchar por los míos.

- ¿Podrá lograrlo? Quiero decir, usted es el mariscal de Ayacucho, héroe de las batallas independentistas.

- Lo soy merced a lo que siempre busqué con esas batallas, la paz de mi familia creciendo en libertad.

- Entonces lo conseguirá, excelencia, se lo merece, dijo Erazo mientras por su mente se cruzaba su amada Desideria, que lo esperaba a solo un par de habitaciones de allí.

Un rayo de sol ingresó por una hendija de la contraventana, posándose sobre el lecho del mariscal, pero él ya no estaba allí. Antonio José se había levantado antes de que aclarase el cielo, tanto que el gallo cantó solo cuando él ya se estaba calzando las botas de cuero que le había regalado antes de partir a Bogotá José Larrea, el marqués de San José y padrino de su boda.

Las bestias ya estaban preparadas en el patio, listas para continuar el trayecto a Quito, aunque por ahora el siguiente objetivo era llegar al cacerío de La Venta antes del anocecer, y desde allí a Pasto. El camino que les esperaba era tedioso y largo, se despidieron de Erazo y su familia como correspondía a los militares de su rango, y a cualquiera que hubiese provisto de techo y comida en un viaje tan largo.

Subían el valle del río Mayo sin parar, el calor azotaba y ni el andar de las bestias levantaba polvo ante la humedad de la selva que lo impregnaba todo, incluso el suelo. Algunas paradas para beber agua o comer alguna fruta era todo lo que les retrasaba.

Charlas sobre los planes de la familia, las noticias de la república que habían escuchado en El Salto, o los recuerdos anecdóticos de algunas batallas acompañaron al grupo durante las primeras horas, pero después el fastidio empezó a apoderarse de ellos, haciéndolos callar y dirigiéndose las palabras estrictamente necesarias. Lorenzo Caicedo, el sargento de raza negra que se había convertido en parte de la guardia personal de Antonio José, era el único que rompía el silencio dando avisos para no caer en un abismo o evitar algún obstáculo.

Poco antes del medio día, cuando habían subido más de la mitad del camino desde el valle, apareció frente a la caravana el comandante Erazo.

- ¡Usted será el Diablo!, que habiéndolo dejado esta mañana un poco atrasado, ya lo encuentro ahora delante de mí, exclamó asombrado Antonio José

- Asuntos urgentes, su excelencia, me han traido hasta aquí con la prisa de un alma que huye de su castigo, respondió Erazo

- ¿A qué se refiere, comandante?

- Verá usted, mariscal, lo que le diré debo hacerlo en privado.

Apoyado sobre un gran árbol de frondosa copa, el sargento Caicedo miraba el interior de la manzana que acababa de morder, cuando apareció nuevamente el mariscal. Caminaba apurado y se detuvo delante de su caballo, tomó la rienda y permaneció un par de segundos en silencio, mirando al infinito.

- ¿Qué sucede, excelencia, dónde está el comandante Erazo?, preguntó Caicedo.

- Ha ido a realizar su diligencia antes de regresar a El Salto, para poner a salvo a su familia.

- ¿A salvo, qué podría temer un hombre como él, de campo y familia?

- Lo mismo que yo, perder a su compañera de vida, respondió Antonio José.

"No merezco tan correcta mujer" había pensado el comandante Erazo en más de una ocasión, y ahora más que nunca. Además de una abnegada esposa y madre, Desideria era la voz de su conciencia y la mejor de las consejeras. Por eso, cuando pocos minutos después de la partida del mariscal aquella mañana, había llegado al rancho el coronel quiteño Apolinar Morillo con la orden emitida por el general Obando, José no dudo en consultarlo con su esposa. Fue ella, enferma y en cama, pero con el temple de hierro de las mujeres trabajadoras mestizas, quien le aconsejó que a pesar de las diferencias que habían tenido en el pasado, él no podía participar en la muerte de un hombre al que esperaban ansiosas su esposa e hija.

- ¿Por qué la perdería?, inquirió el diputado Andrés García, que también regresaba a Cuenca en la caravana del mariscal.

- La muerte a traición, interrumpió Caicedo, adivinando las noticias que había recibido su superior.

Los acompañantes del mariscal se quedaron pasmados, con la mirada fija en Antonio José y la consecuente dificultad de tragar saliba. Solo podía escucharse el trino de las aves cuando el sargento Colmenares salió de su estupefacción.

- ¿Quién nos a traicionado, mariscal?

- La ambición de poder, sargento, los peores enemigos de las almas libres.

- ¿Qué le ha dicho Erazo?, replicó el diputado García.

Antonio José lo miró, y en seguida montó su caballo - Se los explicaré en el trayecto, respondió. Había que partir inmediatemente.

La caravana llegó al cacerío de Las Ventas alrededor de las  dos de la tarde, almorzaron y calmaron su sed con vino en una taberna del lugar. El silencio que había acompañado el viaje en horas de la mañana ahora se había transformado en un ir y venir de reclamos y gritos que trataban de ser acallados por el mariscal cuando comprometía el sigilo que debían mantener.

- ¿Y Erazo estará diciendo la verdad, o será solo parte del plan del general Obando?, inquirió Caicedo.

- No lo sé, pero parecía asustado y temía que al haberme avisado la ardid, su familia correría peligro, respondió Antonio José.

- ¿Va a aconfiar en él, excelencia?, preguntó el diputado García.

- Es lo único que tenemos, excelencia, y por su propia seguridad sugiero que usted y el sargento Colmenares emprendan el viaje sin mí, y que al partir lo hagan de una manera pública para que todos sepan que ya no forman parte de nuestra caravana.

- ¡Está usted oco si piensa que lo dejaremos a merced de esos traidores, mariscal!, replicó Colmenares.

- ¿Y arrastrarlos a una escena de muerte, sargento?, ellos me quieren a mí, soy su amenaza, ustedes pueden llegar a Quito sanos y salvos, dijo Antonio José mientras mantenía su mano inmóvil sobre el vaso de vino.

- ¿Y si tomamos otro camino?, propuso García

- ¿En esta selva?, como se nota que la aristocracia cuencana poco sabe del campo y sus caminos, dijo sarcásticamente el sargento Colmenares.

- No es tan loco lo que su excelencia propone, yo podría conseguir un guía local que nos lleve por senderos secundarios al menos hasta Pasto, dijo el sargento Caicedo.

- Pero todos sabemos que Pasto no deja de ser tierra hostil para el mariscal, respondió Colmenares.

- El general Flores ha enviado un contingente militar de su gobierno para incorporar la ciudad a la Republica del Ecuador, estarán allí para cuando lleguemos, dijo García.

- ¿El general Flores, acaso no ha escuchado lo que dijo Erazo?, replicó con tono indignado otra vez Colmenares.

- Calma compañeros, que si vamos a poner en práctica esta idea, Pasto es el único lugar al que podemos llegar y ponernos a salvo, interrumpió Antonio José.

- Podrían ponerlo preso allí excelencia, Flores no reparará en ello cuando sepa que su plan inicial fracasó, dijo Colmenares.

- Si es que fracasa, susurró el diputado García bajando la mirada a la mesa.

El plan inicial había sido partir hacia Pasto aquella misma tarde, y hubiésen llegado en las primeras horas de la madrugada. Sin embargo, la caravana se quedó a descansar en Las Ventas, partirían con la salida del sol la mañana siguiente.

Por la noche reapareció el comandante Erazo, debía vigilar a la victima por ordenes del general Obando, y aparentemente así lo estaba haciendo. Antonio José cruzaba miradas con él mientras invitaba a algunos de los soldados a una jarra de vino y otra de agurdiente, debía sentirse como si nada hubiése sucedido, como si no le hubieran anticipado su propia muerte. Y aún no la había podido evitar, la tensión invadía cada músculo de su pequeño cuerpo.

Capítulo II - La montañaEditar

Andrés Rodríguez y Juan Cuzco, peruanos, se habían unido al neogranadino Gregorio Rodríguez y el quiteño Apolinar Morillo para formar el escuadrón que se haría cargo de que Antonio José de Sucre, el gran mariscal de Ayacucho y héroe independentista, no llegase a la ciudad de Quito, para que no pusiera en riesgo el gobierno del general Juan José Flores ni la disolución de Colombia.

se encuentran impacientes en una curva dle camino